Desperté súbitamente, todavía bien entrada la madrugada, como si un repentino rayo de claridad me hubiese impactado; me desperté con una sensación que mezclaba ansiedad con unos fuertes escalofríos que me recorrían desde la cabeza hasta los pies. Podía percibir la amargura producida por aquella total falta de ideas, de la noche a la mañana las ideas habían migrado a una mente más afortunada que la mía, se había marchado aquella musa de ojos negros, penetrantes y con sabor a victoria. Lo hizo sin decir un adiós siquiera, sin aportar la más breve de las explicaciones.

Me deshice de las sábanas, despojado de todo sueño como repeliendo aquel aroma que aún, tras varios años, quedaba como forjado en cada uno de los átomos del tejido. Caminé movido por una inercia que me guiaba hacia el salón, el mismo salón que había sido testigo de mis éxitos y posteriormente se había mofado de mi creciente desdicha. Allí, como con una maligna sonrisa dibujada entre la madera, se encontraba el atril; sostenía entre sus brazos un lienzo gris y rojizo, un intento de plasmar de alguna forma aquel ocaso que parecía no tener fin.

Por el suelo, esparcido se hallaba el caos en su mayor exponente y entre aquel caos mi único aliado, el alcohol. Había bebido en abundancia y todavía tenía el cerebro comprimido por la resaca. Tomé el pincel sin demasiada convicción, mezclé algunos colores, tonos anaranjados que trazarían el horizonte. Cerré los ojos para coger aire de forma más intensa y poder así desplazar las cerdas con mayor soltura. Sin previo aviso, entre la penumbra que se había formado en mi mente apareció una silueta de color pálido, al principio no podía distinguirla, pero poco a poco se fue enfocando aquella imagen. Apenas podía creerlo, aquellos dos ojos negros, penetrantes y con sabor a derrota se presentaban ante mi. Mi ira no pudo sino crecer, no podía soportar ni un ápice más sentir la lasitud por estar subyugado a quien tanto quise y tanto daño me causó. Necesitaba cambiar un algo en mi vida, no sabía el qué, se resistía a presentarse ante mí la solución al martirio. Haber cerrado los ojos en dicho instante fue quizá mi mayor error, o mi mayor acierto. Solamente el tiempo lo dirá.

Fotografías que circularon por mi retina antes de escribir:

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